Recuerdo un vídeo de porno femdom en el que ella abofeteaba durante 5 minutos seguidos al sumiso, postrado de rodillas. Bofetón va y viene, de lado a lado, los mofletes del sumiso cogiendo color como los tomates en el campo. En un momento dado, a ella (actriz, no lo olvidemos) se le escapa una risa medio histérica. Normal, yo lo estaba viendo y me estaba mondando, qué poco sutiles son los guionistas (masculinos, seguro). O sea, el tío necesita que le pongas caliente a hostiazos hasta que te salgan ampollas en las palmas. Lo de siempre, ella lo sirve a él, nada nuevo bajo el sol. Qué poco me ponen esas cosas mecánicas y a lo bestia, es que me dejan como un témpano, aunque con aquello al menos me eché unas buenas risas.
Una bofetada (tortazo, torta, bofetón, hostia o sinónimos) puede ser algo de hecho tremendamente erótico y excitante, pero de la manera y en el contexto adecuados. No es decir “oye, sumiso, ven que te voy a dar dos hostias”. Es algo que, en ese instante concreto, cuando estás mirando a los ojos al sumiso, te surge de manera natural, te apetece soltarle un manotazo, acompañado o no de palabras, pues una simple mirada es suficiente para recordarle que está bajo tu poder. No es un acto de violencia, es como una caricia intensa, lo desarma y lo desorienta momentáneamente, y queda más en tus manos de lo que estaba un segundo antes.
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